Como para no olvidarme que el mundo es más grande que la avenida que conecta mi casa con el trabajo, el colegio de Rosa y el consultorio del pediatra sigo un blog de viajes que me gusta montón. Hoy que nos dimos salida J. y yo, y que venimos de vernos El secreto de sus ojos, pensaba sentarme a escribir algunas notas sobre la peli que tanto nos gustó… pero como soy una dispersa y una experta en dilatar, me puse en cambio a chequear mi google reader y encontré (en el blog de viajes mencionado) unas imágenes de los mejores almacenes de juguetes para niños que me dejaron lela.
Como verán, no es que me hayan dejado muda por su belleza, sino más bien por su exceso. Algunos mas kitsch que otros, por supuesto.
El artículo menciona 9 alamcenes, 2 en Nueva York: FAO Schwarz y el Toy’s R Us del Times Square en Manhattan. Menciona también el alamcén Hamleys en Londres, las cadenas LEGO, en especial la de Orlando, Florida, el Charles Ro Supply Company (tienda de trenes eléctricos, la más grande del mundo) en Massachusetts, el Hospital de Muñecas en Lisboa, el Gashapon en Tokyo y Osaka, Lark Toys en Minessota (un almacén de juguetes de madera, el único que me llama la atención y al que me gustaría visitar) y la tienda Barbie en Shanghai.
Mientras leía el artículo pensaba en mi Rosa. Pensaba en su reacción cuando, por error, nos metemos en la sección de juguetes de La 14 (el supermercado local dónde hacemos nuestras compras). Ella se parece bastante a mi, empieza frases que no termina y se distrae con facilidad. Cuando pasamos por la sección en cuestión he notado como, de inmediato corta lo que fuera que me estuviera contando, se queda muda, se le acelera el corazón, se le acorta la respiración, le sudan las manos, se le dilatan las pupilas, babea, se le seca la boca, me mira, mira a su alrededor, me tira de la falda, se rasca la cabeza, me dice que le compre esto y luego que no, que mejor aquello, mientras yo maldigo haber doblado justo en esa hilera maldita que nos ha causado mas de una pataleta.
No me imagino llevándola de plan a uno de estos palacios del plástico y el exceso por mucho que le atraigan a su madre. No estoy segura que resistamos la experiencia. Ni ella, ni nosotros.
Recuerdo la primera vez que entré en un Toy’s R Us. Tendría alrededor de 6 años. Mi tía, que fue la que nos llevó, me dijo que podía escoger un juguete y que ella me lo compraba. No recuerdo que juguete escogí (doy por hecho que finalmente me decidí por uno) pero si recuerdo el drama y la angustia que me representó tener que escoger 1 entre un millón. “No abuse, le dijeron que uno”, fue lo que mi mamá me dijo cuando le sugerí que me parecía buena idea que me compraran un número mayor a la cantidad que, tan generosamente mi tía me ofrecía.
Recuerdo haber llenado un carrito entero con juguetes, guardando la esperanza que, al ver el ahínco con que deseaba todo lo que vorazmente metía en mi vehículo, se apiadarían de mi y me comprarían todo lo que yo quería. Por eso no me puedo acordar que fue lo que finalmente me regalaron. Lo que si recuerdo es lo que no escogí, lo que se quedó en el carrito esperando ser comprado por una dueña querida que estuviera dispuesta a darle amor a todos esos juguetes. Menos mal no había salido Toy Story. Menudo trauma hubiera sido.
Cuando vives en NY el paso por FAO Schwarz es casi que obligatorio, sin embargo nunca fuimos con Rosa y la verdad creo que no le haría ese daño. Por qué mostrarle todo lo que no tiene si con lo que tiene está contenta?
Hace unas semanas, cuando estuvo hospitalizada le compre un pony (de los My Little Pony’s). El juguete venía, por supuesto, con un catálgo (o mapa, como le llama ella) de los otros ponys de la colección. No digo que no le haya causado emoción el regalo que le di, pero si me acuerdo que de inmediato se puso a mirar con detenimiento las imágenes de los otros juguetes y de una me pidió que le comprara los otros ponys ahí retratados. Que inteligentes los bellacos. El catálogo además es precioso. Lleno de fotos y dibujos a color, puesto ahí, como quién no quiere la cosa, pero con un sólo objetivo, despertar el hambre de quién abre el regalo.
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De todas las tiendas reseñadas en el artículo, la que más llamó la atención (aparte de los Lark Toys) fue el hospital de muñecas en Lisboa, que bien podría ser uno de los lugares más mágicos o más miedosos, dependiendo del día en que se le visite.
Por último está éste Bar-bie, que a todas estas no se que clase de bebidas vendan, pero en todo caso a mi me parece que el lugar tiene más pinta de burdel elegante que de tienda de muñecas.
Que dicen mis queridos lectores, llevarían a sus hijos a estos almacenes?
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pd. A los que aún no han visto El secreto de sus ojos, se las recomiendo, es muy, pero muy bella….
..y ya no sé si es un recuerdo, o el recuerdo de un recuerdo lo que me va quedando…
(Imágenes prestadas de travel.spotcoolstuff)