Me encanta encontrar vestigios de mis hijas en sus recorridos por nuestra casa. May va dejando galletitas mordidas, zapatos, medias, peinetas y demás ítems, dónde sea que la pille el cansancio o dónde sea que encuentre otra cosa que le robe su atención. El otro día hasta ella todíta se iba quedando dormida en un puff…
La Rosa en cambio es más ordenada en sus huellas. Pega calcomanías en piso y pared, cuelga los dibujos que nos hace y distribuye por la casa obras que ella “decora”. (El decora es palabra suya, por eso las comillas). Colecciona piedras de superficies “suaves”, piedras de formas raras, piedras blancas o “cristales”, plumas, chochitos, botones, semillas, retazos y hasta recibos de supermercado.
Poco a poco la casa ha ido cobrando vida y se ha ido poblando de una especie de altares paganos que la Rosa elabora con gran esmero. Piedras, caracoles, botones, mantas, hojas secas, muñecos, pedazos de tela, hilos de colores, varitas mágicas… todo lo organiza y lo dispone a su modo. Intuyo que esto lo importa de sus vivencias en el Waldorf….
Hace un par de días extrañé unos de los gnomos del jardín. Lo busque por toda la casa hasta que lo encontré encaramado en uno de los estantes (de los más altos por cierto) de la biblioteca. Encontré además, que no estaba solo. Lo acompañaban una foto de J., una muñeca rusa, una rosa seca, una varita mágica, una libélula regordeta, un paquete de semillas de girasol, un retazo de lana prensada y un par de bananas.

Busco a Johnny para decirle que encontré el gnomo y para invitarlo a que vea dónde estaba. Se acerca. Me roza el hombro. Le apunto hacia arriba. Voltea a mirar. Abre los ojos (supongo que la ubicación lo pilla por sorpresa). Levanta una ceja, me mira. Soltamos una carcajada. Luego se da vuelta y vuelve al jardín dónde lo esperan las niñas y la perra.
Hace sol.